La oscuridad no siempre es el enemigo. A veces, es simplemente el escenario que Dios utiliza para que nuestra luz deje de ser un adorno y se convierta en una necesidad.

A menudo se presenta una vida religiosa de velas encendidas en ambientes controlados… Paz, silencio y una luz tenue que apenas molesta. Pero, ¿qué pasa cuando llega el apagón? ¿Qué ocurre cuando la crisis vocacional, la indiferencia social o el cansancio pastoral soplan con fuerza y se siente que el interruptor del mundo se ha quedado atascado en el «off»?
La mística del incendio
No estáis llamados a ser linternas de bajo consumo que se apagan para ahorrar energía. La animación religiosa no consiste en entretener a los que ya están cómodos, sino en incendiar a los que se han quedado fríos.
«He venido a arrojar fuego sobre la tierra, ¡y cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lucas 12, 49)
Cuando todo se oscurece, la tibieza deja de ser una opción. Si el mundo apaga sus luces de neón, sus promesas vacías y sus falsas esperanzas, no se puede responder con una mueca de resignación. Es el momento de arder.
¿Qué significa «arder» hoy?
Arder en la vida religiosa no es agotarse, sino transformarse. El fuego tiene propiedades que todo animador y consagrado debe recordar:
Luz: Para ver dónde otros solo ven abismo.
Calor: Para dar refugio a los inviernos de las solitarias almas.
Purificación: Para transformar las estructuras caducas en herramientas eficaces de fe.
No esperes al amanecer, sé tú el fuego.
Si estás leyendo esto y sientes que tu entorno se ha oscurecido, que la alegría de la misión flaquea o que el ruido del mundo ha silenciado tu «sí», recuerda esto… El fuego se ve mejor en la profundidad de una noche.
No pidas que vuelva la luz de ayer. No esperes a que las circunstancias mejoren para volver a sonreír o para volver a crear. El Espíritu Santo no es una corriente eléctrica estable… Es una llama que devora lo que toca.
Cuando el mundo se apaga, no te escondas. Es la hora de arder.

